Colombia, 2026. Medellín, es territorio que ha inspirado canciones desde “me voy para Medellín” de El Combo de las Estrellas, “Medellín” de Madonna y hasta “Medallo City” de Maluma, todas exaltando su belleza natural, cultural y vida nocturna. Sin embargo, la fantasía que nos transmite la industria musical internacional cambia apenas unas cuantas calles más allá de las zonas comerciales y turísticas, donde la historia de esta ciudad también huele a abandono, despojo, por acumulación y resistencia.
Esta ciudad, como muchas otras ciudades latinoamericanas, ha sido fragmentada por conflictos armados y el consumo exacerbado del norte global; cuyos modelos de ocupación y mercado, como el de las drogas, ha permeado violencias, fisurado tejidos sociales y arrebatado a miles de habitantes de sus territorios, casas y seres queridxs.
Muy a pesar del dolor y del trauma colectivo que ello ha generado, en Medellín también se percibe la fortaleza de las personas que la han habitado generacionalmente, migrantes que trabajan honradamente y la solidez crítica de las pocas instituciones que quedan para la pluralidad, como la Universidad de Antioquia. Cada una de ellas, con su creatividad e ímpetu, luchan para salir adelante y dejar fiel testimonio de la dignidad colombiana.
Un claro ejemplo de ello es la obra del muralista y sociólogo Eskibel, quien ha expandido su sensibilidad a través del arte urbano desde los 11 años. Sus mensajes en las calles hablan sobre la memoria territorial, los sueños colectivos, hitos sociales y sobre todo, la honorabilidad de los pueblos. Su obra procura espacios que representan e interpelan a la mayoría no nombrada, lejos de los cánones estéticos importados y folkloristas.
Eski, como le gusta ser llamade, visiona por la construcción de la memoria y la conciencia social facilitando también talleres de dibujo y pintura a infancias y jóvenes, como parte de los procesos de construcción de paz. Una de sus más recientes obras icónicas deja clara esta visión:

Este mural se encuentra en Cra. 54 #45 A 38 P 1, La Candelaria, Medellín, La Candelaria, Medellín, entra la carrera 54 con la calle 45 A, en el sector comercial conocido como El Hueco en pleno centro de Medellín, de manera específica en el edificio de la juguetería Mundo Mágico. Y es considerado uno de los murales más grandes de Colombia, que de manera inédita a utilizado técnicas de muralismo clásico sobre un muro de estas proporciones. Además de ser el primero de la ciudad en representar a una persona afrocolombiana, en este formato.
El mural fue posible gracias a la propuesta presentada por Eski, quien estuvo acompañado de tres artistas más: Johan Sal Azar, Marco Londoño y SMOP, quienes con su talento y dedicación presentaron esta obra en el marco de la 1era Bienal grafiti y arte urbano – LATIDOS de Medellín a la que fueron convocados en diciembre 2025. Así mismo, este sueño se hizo realidad gracias a las personas que gestionaron dicho evento y quienes donaron el espacio para el mural.

Al preguntar sobre el trasfondo de la pintura, Eski mencionó que es imprescindible representar la diversidad de poblaciones que habitan la ciudad, dado que predomina una ideología blanca del espacio. Por ello, plasmar a un joven afrocolombiano, tiene varias acepciones interesantes que notar.
Para empezar, el racismo es un sistema que opera activamente en las ciudades latinoamericanas. Este se expresa a través de políticas públicas-económicas-culturales que promueven la desigualdad y discriminacion de los cuerpos no-hegemónicos. Tiene su raíz en la imposición de la modernidad como proyecto civilizatorio global y la institucionalización de formas válidas de ser, estar y pensar principalmente eurocéntricas. De esta manera, durante siglos se ha subalternizado e invisibilizado a los pueblos originarios y negros.
Aunque con el tiempo se han dado cambios, críticas y luchas históricas por el reconocimiento y la autodeterminación de los pueblos, el racismo es una herida latente que se ha internalizado tras siglos de constante repetición y pedagogía cruel, al punto de normalizarse en la cotidianidad y pasar por desapercibidos comentarios, actitudes hostiles y prácticas discriminatorias.
Medellín no escapa de ello, ya que las proyecciones, representaciones y narrativas oficiales de la ciudad excluye a las poblaciones negras y originarias, pese a que en este lugar habitan cerca de 236,000 personas afrocolombianas, de acuerdo con la organización Manos Visibles.
Eski, nos comentó que el racismo también es una manera de relación con la otredad en términos simbólicos. Es por eso que mostrar la presencia de la comunidad afrocolombiana a gran escala en el espacio público, da un mensaje potente: Medellín, también es negro.

La diversidad de tonalidades con la que fue pintada la piel de este joven anuncia que en este planeta ningunx persona es del mismo color y, por lo tanto, no existe una homogeneidad humana, desmontando así mitos raciales. Propone entendernos diversxs, tanto como la vida misma, porque la diversidad es natural. Este saber integra al cuerpo con su habitar Tierra, abundante en sus formas, colores, texturas y vegetaciones.
El acto de escuchar profundamente
Cubrirse el oído con un caracol para escuchar la polifonía del mar, es una hazaña que nos hace viajar a esa voz antigua y misteriosa cuya incontenible fuerza se guarda en un susurro, como si de un secreto se tratara, regalándonos calma con su suspiro. La inocente sensación de ser espuma sin peso que se disuelve en la arena.
Este es un recordatorio de cómo por momentos, el ruido de la voracidad capitalista se detiene, y es cuando se pone atención a las voces que vienen desde las profundas verdades de la Tierra.

Esta obra, también hace alusión al fuerte y profundo mensaje que quedó grabado en las calles y en la cotidianidad Colombiana “Las cuchas tienen razón” al dar lugar a la denuncia de las madres buscadoras de los jóvenes desaparecidos y enterrados en San Javier, tras la Operación Orión en Medellín en el 2002, perpetrado por grupos militares y paramilitares. Este doloroso suceso aún tiene secuelas y el conflicto armado no ha sido superado totalmente.
Escuchar para no olvidar, escuchar para nombrar a quienes no han aparecido y a quienes han asesinado, escuchar para dar lugar a las historias que no cuentan los medios oficialistas, escuchar porque el dolor compartido es un poco de alivio. En tiempos de estruendoso ruido, “la escucha profunda es un canal para la construcción de paz, es un acto de atención y aprecio”, como mencionó Eski.
Al escuchar-nos, estamos frente a un otro, que también es un “nosotros” en la dialogicidad del yo, y se dibuja un horizonte abierto, sensible y compasivo que da pie a la contención, a la comprensión y a la reparación. La escucha es vital para la salud mental y espiritual comunitaria, sobre todo en contextos donde han buscado silenciar con violencia extrema, las verdades de la gente.
“Hay que crear una sana convivencia entre imágenes y palabras»
«La imagen, suele ser más intuitiva, concreta, cercana y de facto. La habilidad del artista está en conectar e integrar el mundo de las historias, de los textos y las reflexiones propias a una imagen sensible que comunique. En ese intervalo, es importante vincular a la población, tomar los espacios grises y llenarlos de historias y de color a fin de crear e imaginar posibilidades para entendernos y conocernos,” me compartió Eski.
El muralismo desde esta perspectiva resulta una herramienta para la justicia epistémica porque propone que el arte salga de los círculos privilegiados y cuente las historias del territorio, llame a la sabiduría de los pueblos, de las ciudades, de las periferias y tome su espacio lo común. Así mismo, pone en el centro la pregunta ¿cuál es el sentido de hacer arte? y más aún cuando quien lo hace ha experimentado en carne propia los embates del sistema. La respuesta viene acompañada de una pedagogía crítica y tierna que ayuda a enfrentar las dificultades y a cultivar las esperanzas. Es ahí donde el arte vuelve a tener sentido y razón.


La nueva era del muralismo latinoamericano
El muralismo latinoamericano tiene una apuesta que deja claro que sus alcances son colectivos y no individualistas. Es la suma de muchos esfuerzos lo que poco a poco genera una sinergia y motiva a ver los límites entre la memoria, los imaginarios, las historias y el estilo del artista, para mostrar un horizonte posible donde el arte se vuelve una herramienta popular.
En Colombia, el muralismo contemporáneo tiene una trayectoria admirable y en los últimos años se ha vuelto un referente, no solo por su calidad y sensibilidad, sino también por la valentía con la que sus artistas denuncian el abuso de poder y promueven la memoria y re-significación de los procesos sociales en las calles, con digna rabia.
“Se juegan con los colores, los signos y se posibilita la interacción con las comunidades, muchas veces para que participe y lo tome propio, aunque no siempre se puede prever su impacto. Por ello es importante tener claridad en la intención del mural,” mencionó Eski.
En este punto de la charla con Eski, dimos cuenta de que esta nueva era del muralismo latinoamericano está marcada por la ampliación de relaciones afines y gestionada de manera autónoma, solidaria y colectiva, por medio de festivales, encuentros y experiencias compartidas cuyos alcances son tanto nacionales como internacionales. Un componente de ello es que compartimos una matriz histórica de resistencia y amor a nuestros territorios y el muralismo latinoamericano hoy día es una expresión más de ello.
